Imperdonable olvido de mi parte: el no haber escrito nada acerca de la victoria más recordada de Juan Manuel Fangio en el GP. de Alemania en el coloso de Nurburgring. El 4 de agosto de 1957 se inmortalizó la figura de uno de los tres mejores pilotos de todos los tiempos en una carrera inolvidable donde Fangio, marchando tercero y a 51 segundos del puntero, no sólo recuperó la desventaja, sino que ganó la carrera y se coronó quíntuple campeón de F1.
Nada mejor que la transcripción de cómo fue la carrera del excelente artículo del diario La Nación de Argentina, escrito por Roberto Berasategui.
“Era la sexta fecha de las ocho que conformaban la temporada 1957. En la tierra de Mercedes-Benz, Fangio llegaba con una Maserati frente al poderío de Ferrari. Pero por la cabeza del argentino pasaron todos esos detalles que hoy la computación y los ingenieros estudian. Ferrari llegaba al complicado circuito de Nürburgring, de las famosas 183 curvas, con los neumáticos Englebert. Muy duros, pero sumamente confiables para pasar una y mil veces sin un desgaste preocupante. En la casa italiana, se confiaba en el producto nacional, y Pirelli era el calzado de Maserati. Un compuesto blando, de excelentes prestaciones, pero pasible de un deterioro prematuro.
Previo a la competencia, Fangio anticipó que si sacaba medio minuto de ventaja, tendría tiempo suficiente para ingresar en los boxes, cambiar el caucho, reabastecer de alimento a su máquina y continuar la marcha con posibilidades de pelear adelante. Y la magistral estrategia, el piloto la cumplió. Paró frente a su equipo con 29 segundos de márgen a favor. Aunque no todo salió a la perfección. Los mecánicos, quizá presionados por la implacable tarea del argentino, se pusieron nerviosos ante la posibilidad de lograr la corona. Y en medio de distracciones, errores y una lentitud inusitada, Fangio volvió a salir a la pista 1m18s después.
El relato era elocuente. La falla en los boxes, decisiva. Al menos a la vista de todos. Menos de la de Fangio, que salió con la sola misión de quedarse con el triunfo, con la corona, con la gloria. Al paso siguiente, los carteles informaban que estaba a 51 segundos de las dos Ferrari, conducidas por Mike Hawthorn y Peter Collins.
“Sentía que las cubiertas les sentaban al auto mejor que las primeras. Me sentía más cómodo en la conducción”, recordaba el Chueco , que memorizó cada curva el resto de su vida, en cada rincón del planeta. “Miré por los espejos y en algunos lugares levantaba polvo. Eso indicaba que iba al límite”, reconocía.
La diferencia se acortó diez segundos. Y comenzaron a caer los récords de vuelta, como si fuese una competencia contra el propio destino: 9m33s para cubrir ese trazado interminable, después fue 9m32s5/10, 9m30s8/10, 9m29s5/10…
En las rectas más largas, o donde las trepadas o los descensos lo permitían, ya se avizoraban dos puntos rojos. Allí estaban las Ferrari. Los relojes sentenciaban lo que el público, asombrado, disfrutaba con un manejo supremo: 9m28s5/10, 9m24s3/10, 9m23s4/10. A dos giros del final, Fangio presionaba a Collins. En el penúltimo giro, tras la bajada de Adenau, el argentino lo superó de manera magistral y salió en busca del puntero.
Ya nadie permaneció sentado a la vera de los 22,772 kilómetros de pavimento que eran transitados por un Fangio endiablado, como lo relató el propio Hawthorn: “Inútil contenerlo. Si no me hubiera corrido a un costado, el viejo diablo me hubiera pasado por arriba”.
Así fue. El giro final fue aprovechado al máximo por Fangio. En el sector más tortuoso, con curvas y contracurvas interminables, la Maserati se deslizó con solvencia y se “pegó” a la cola de la Ferrari. El descenso a puro volante terminaba con una curva de 90 grados, donde el argentino se zambulló por el sector interno, para adueñarse nuevamente de la vanguardia.
La cabeza protegida por un casco rudimentario que apenas la cubría por la mitad no se entusiasmó por el logro. Continuó pensando en función de la meta propuesta. Y mientras el mundo quedaba anonadado por su hazaña, él buscaba la mayor aceleración para no permitirle a Hawthorn el beneficio de la succión cuando el sector más veloz se encontraba en el tramo final de la vuelta.
Nürburgring explotó, como si un temblor hubiera sacudido ese circuito, más extenso que el propio poblado alemán. Los 200.000 espectadores fueron testigos de un hito de la historia del deporte mundial. Poco después cruza la meta con algo más de tres segundos sobre Hawthorn y unos abismales treinta y cinco segundos sobre Collins. Se consumía la obra cumbre del gran campeón y la mejor carrera de todos los tiempos.
Cayó la bandera a cuadros y un vendaval humano buscó al más grande, el que se bajó de la Maserati, saludó a sus compañeros y fue llevado en andas hacia la gloria. La imagen emblemática tras un logro inigualable. La emoción se apoderó de Nürburgring.
En medio de tanta felicidad con la quinta corona de Fórmula 1 instalada en el rey de la velocidad, justamente esa cabeza continuó elaborando pensamientos exactos y precisos. “Cuando me bajé de aquella máquina supe que nunca más en mi vida, pero nunca más, iba a volver a manejar como ese día; las curvas que eran de 2ª velocidad las hacía en 3ª, las que eran de 3ª en 4ª…”. Y una vez más su pensamiento fue acertado. No sólo que fue así, sino que nunca más iba a volver a disfrutar de una victoria.
Algo más de medio año después, Juan Manuel Fangio se quitaba el casco y las antiparras y se despedía para siempre de las pistas. En el momento justo. Como cada acelerada y cada frenada que dio en su vida.”
10 veces bajó Fangio el récord de vuelta en el GP alemán y en las últimas cuatro lo hizo en forma consecutiva .


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Recomiendo encarecidamente verla.
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