
Me imagino al chófer del tenor Plácido Domingo respondiendo a la pregunta del policía. De haber ocurrido en España le hubiera faltado tiempo para exclamar aquella frase tan ibérica del: “HOYGA, usted no sabe con quien está hablando”.
La escena se produjo el sábado pasado en el centro de la ciudad austríaca de Salzburg (la ciudad que vió nacer a Mozart). El de la gorra de plato conducía al tenor Plácido Domingo a un encuentro con el director de la Orquesta Filarmónica de Viena.
Un policía local les echó el alto para comprobar que disponían del preceptivo permiso para circular por la zona peatonal del casco antiguo. Al requerimiento del agente, el chófer contestó (según él, en tono de broma): “el permiso se encuentra sentado en el asiento trasero; se llama Plácido Domingo”.
El policía antepuso su deber laboral a su pasión operística (debe de ser por el clima, pero en Austria a todo el mundo le encanta la ópera) y cursó la correspondiente denuncia. Con un par…, sí señor.
Lo que realmente me sorprende de este asunto es que el cantante hiciese llegar, posteriormente, una queja al alcalde de la ciudad.
En contestación a la carta, el concejal de tráfico de Salzburg, Johann Padutsch, se mostró tajante:
Le pido que entienda, tras años de lucha por las zonas peatonales, debemos controlar que se cumplan por todo el mundo, por muy afamados que sean. Precisamente los famosos tienen que ser ejemplares y no podemos permitirnos que los ciudadanos piensen que ellos tienen que cumplir las normas y los que son ricos y famosos, no.
Desde aquí, me permito darle un consejo al chófer. Que se venga para España, donde le espera una fulgurante carrera política. Nuestros “representantes” son muy dados a exigir esta clase de prebendas, especialmente aparcar donde les viene en gana.

