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El libre albedrío a la hora de aparcar

Por Fernando Moreno el 10 de Diciembre de 2007 @ 22:22

Estudios psicológicos efectuados hace unos años descubrieron un comportamiento muy habitual en el macho de la especie humana: en los urinarios públicos, el sujeto investigado tenía la arraigada costumbre de elegir, en la mayoría de los ensayos, el lugar más céntrico.

Si se introducía un segundo individuo de la misma especie en el escenario de la investigación, el comportamiento se repetía: el segundo sujeto se acercaba generalmente a la zona libre más amplia y allí, nuevamente, elegía el urinario más céntrico. Si había dos sujetos ocupando los extremos de la fila en plena investigación (esto es, orinando), el tercer espécimen optaba también por el urinario central, equidistante de los sujetos ya presentes.

Los investigadores concluyeron que el sujeto se decidía por ocupar el lugar que percibía como menos amenazante para llevar a cabo una actividad que le colocaba en una situación de vulnerabilidad.

¿Y qué poll.. (nunca mejor dicho) tiene que ver esto con el mundo del automóvil?

Pues que el “mono desnudo” insiste en repetir ese comportamiento cuando puede aparcar en una zona en la que cabe más de un coche. El conductor normal (ese al que no le gusta conducir y de la seguridad vial solo le interesa el capítulo de la seguridad propia) valora el tamaño (del hueco libre) y se empeña en situar el coche en una posición céntrica, equidistante de los dos coches ya aparcados. Para entendernos: ocupa el hueco de tal manera, que impide el aparcamiento de un segundo coche.

Las conclusiones son ahora contradictorias: el conductor (que seguramente suspendió el práctico en dos ocasiones por no saber aparcar) desciende del coche orgulloso de su maniobra (a veces, incluso haciendo un gesto como dando a entender aquello tan español de “el que venga detrás, que se joda”); pero el que viene detrás buscando aparcamiento, la interpreta, de forma menos científica mientras se acuerda de su madre, como una muestra de comportamiento poco cívico.

Dicho de forma más científica: el macho ibérico, cuando mea, quiere hacerlo a gusto; y cuando aparca, casi siempre la caga.

Datos recientes parecen indicar que este comportamiento es todavía más habitual en la hembra humana (sobre todo si transporta alguna de sus crías), y casi obsesivo en conductores de motocicletas y ciclomotores (un análisis psicológico más detallado mostraría un nivel de frustración elevado ya que lo que realmente desean es conducir una furgoneta).

Eso sí, la denuncia por aparcamiento incorrecto se la lleva el que venía detrás, que al final pudo encontrar un hueco donde dejar el coche, pero con el parachoques trasero invadiendo un paso de peatones.

Mientras el policía municipal le extiende la receta, el coche patrulla está encima de la acera. Y a ningún peatón parece molestarle…

P.D.: Ya sé que hay muchas otras formas de aparcar mal, e incluso más graves que esta. Malaparcado.com (de donde he sacado las fotos) es un auténtico catálogo de ellas. Pero seamos sensatos: aquí no se exige estar libre de culpa para tirar la primera piedra. Será porque todos somos pecadores.

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