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La mayor hazaña automovilística jamás contada

Por Fernando Moreno el 10 de Diciembre de 2007 @ 8:17

¡Llegaremos a tiempo, siempre que no nos congelemos y no seamos pasto de los lobos!

Esta frase resume la que es, sin dudar, una de las hazañas más impresionantes de la historia del automovilismo deportivo.

Era el texto de un telegrama que Andrey Nagel envió a la organización del 2º Rally de Montecarlo (año 1912). A quien desconozca la historia, le sonará a broma. Pero para entender aquel mensaje convendría empezar desde el principio:

En 1912, el periodista y aventurero ruso Andrey Nagel decide tomar parte en la segunda edición del Rally de Montecarlo. Su punto de partida será San Petersburgo, lo que supone un recorrido de enlace hasta Mónaco de 3.260 km.

En aquel tiempo, el Rally de Montecarlo no era una competición deportiva como ahora. Se trataba mas bien un concurso de elegancia entre coches llegados de toda Europa. Partiendo de diferentes ciudades del continente, en fechas distintas según la distancia, los autos llegaban al principado monegasco donde un jurado puntuaba los coches según criterios subjetivos. Continuemos:

Nagel quiere acudir a Mónaco en un coche construido en su país, y elige un Russo-Baltique 24/30 C.V., con una elegante carrocería tipo Torpedo. Dicho de otro modo: se empeña en conducir un coche de carrocería abierta (un descapotable que se fabricaba sin capota) a través del crudo inverno ruso. El parabrisas es dividido en dos para poder elevarlo cuando el hielo impida la visión, y en el suelo del auto se practica un agujero para que entre algo del calor del motor.

En presencia del propio zar de Rusia, Nicolás II, Nagel y su copiloto, Mikailoff, toman la salida el 13 de enero a las 8 de la mañana. Mikailoff se había lesionado el día antes mientras intentaba arrancar el coche con la manivela. No da tiempo a tramitar el pasaporte a un nuevo ayudante, y Mikailoff inicia el viaje a pesar de que no podrá relevar a Nagel al volante.

La temperatura ambiente es de 22 grados bajo cero, y la nieve lo cubre todo. Durante los primeros 100 km. Nagel solo puede circular en primera, a poco más de 10 km/h.

Cada 500 km. tienen que rellenar el aceite del motor. Pero el frío es tan intenso que se ven obligados, en cada parada, a encender una hoguera para licuar el aceite solidificado en los bidones. Durante las detenciones para dormir, se despiertan cada dos horas para arrancar el motor y evitar que se enfríe en exceso. Si el aceite del carter se solidifica, será imposible volver a poner el motor en marcha con la manivela. Para evitar que la dinamo se congele, la desmontan y la guardan entre su ropa cuando duermen.

Durante la travesía de Estonia, tienen que hacer frente a un imprevisto que tiene que ver poco con la mecánica: en aquellos frondosos paisajes de bosques y lagos son perseguidos por una manada de lobos hambrientos.

Habían tomado la salida con cadenas en los neumáticos, pero a la altura de la ciudad alemana de Heidelberg están tan desgastadas que optan por seguir circulando sin ellas. Llegan a la ciudad francesa de Belfort, donde se detienen a hacer noche. A la mañana siguiente reanudan la carrera, pero la carretera está helada y, sin cadenas, acaban atrapados en una cuneta.

Mikailoff se queda en el coche y Nagel regresa al pueblo andando para conseguir unas cadenas. Se las vende un bodeguero (las que usa para sujetar los toneles de vino) por la desorbitada cantidad de 25 francos de la época. Afortunadamente, el precio incluye la ayuda de los hijos del dueño para llevar las cadenas hasta el coche.

Tras conducir casi toda la noche, llegan al control de Avignón, donde descansan hasta la apertura del control de paso a primera hora de la mañana. Según sus cálculos, los competidores que partieron de Berlín ya han pasado por la zona, y deciden acelerar la marcha para darles alcance.

Extenuados, con serias dificultades para controlar su vehículo y sin noticias de los participantes alemanes, Nagel y Mikailoff llegan a Montecarlo el día 21 de enero, poco antes de la hora de comer.

Para sorpresa de todos, incluidos ellos mismos, son los primeros en cruzar la meta. Los participantes venidos desde Berlín aún tardarán varias horas en llegar, y los competidores italianos tienen prevista su salida de Turín para el 24 de enero, tres días después.

Pero a Nagel aún le espera un último revés. Ha sido el primero en cruzar la meta, pero no será proclamado vencedor. Para la clasificación final, el jurado del concurso tiene en cuenta criterios poco deportivos como la belleza del coche y su estado de conservación. Y tras más de 3.000 km. de infierno helado, el Russo-Baltique Torpedo 24/30 C.V. llegado de la lejana estepa rusa no está precisamente en su mejor momento.

El recuento de puntos deja al equipo ruso en el 9º puesto final. Pero para la historia del automovilismo, y con los resultados estrictamente deportivos en la mano, los vencedores de la 2ª edición del mítico Rally de Montecarlo de 1912 fueron Andrey Nagel, su copiloto Mikailoff y su elegante y castigado Russo-Baltique que tanta atención despertaron en los lobos de los bosques de Estonia.

P.D.: Hacía bastante tiempo que no sacaba a relucir esta historia. No sé porque me he acordado de ella precisamente ahora. Quizá sea porque en estas fechas se volverá a hablar, como todos los años, de la famosa “París-Dakar”, una competición que, a pesar de las ingentes ayudas técnicas y económicas, asistencias médicas, controles de organización y la desproporcionada cobertura mediática, muchos se empeñarán en seguir considerándola como “la carrera más dura del mundo”.

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