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En 1998, la industria automovilística europea (con los alemanes a la cabeza) se comprometió a disminuir las emisiones de sus coches hasta un valor medio de 140 g. de CO2 por kilómetro para 2008.

El tiempo vuela, ya estamos en 2008 y las cifras distan mucho del objetivo marcado. Durante 2007, los coches alemanes que salieron de fábrica disminuyeron sus emisiones con respecto el año anterior en un ridículo 1,7% hasta quedar levemente por debajo de los 170 gramos.

Tras faltar a su palabra y recibir la correspondiente regañina por no haber hecho los deberes, ahora se cogen la rabieta por las amenazas de le UE de imponer un límite de 120 gramos para 2012. El problema no es que los coches se hayan hecho más grandes o más pesados por las medidas de seguridad.

Lo que ocurre es que durante esta última década han pasado olímpicamente de buscar propulsores alternativos. Han actuado como si el medio ambiente (ni siquiera el de los humanos) no les preocupara lo más mínimo y el petróleo no fuera a acabarse nunca. Y el resto de la industria, igual.