

Tanto se ha empeñado la DGT en controlar la velocidad de los turismos en las carreteras confiando únicamente en el rentable quehacer de los radares, que al final se ha producido la paradoja que tanto nos temíamos los conductores de turismos.
Los radares de la DGT son aparatitos especialmente entrenados para saber, con notable precisión, la velocidad a la que circula un automóvil; sin embargo, su afición por el mundo del motor es nula. Tanto, que no solo son incapaces de distinguir un Ferrari de un Lamborghini, sino que no llegan a diferenciar un vehículo de turismo de un camión de cinco ejes o de un autobús interurbano.
Resultado: estos cacharros solo disparan el flash cuando “algo” pasa por su zona de influencia a más velocidad de la que las autoridades competentes consideran permitida. Si el objeto no identificado supera la cifra mágica, la foto identifica, más allá de toda duda razonable, la matrícula.
En caso contrario, el radar mira para otro lado, y no se entera de que lo que acaba de pasar adelantando por el carril central a 120 km/h. era un trailer de 40 toneladas cuya limitación genérica en autovía es de 90 km/h. O un autobús, cuya velocidad máxima está establecida en 100 km/h.
Entre tanto, en la DGT se entretienen preguntándose si las autocaravanas pueden o no circular a 120.



Lo que está señalado no es el radar, es el flash.