El G.P. de España de 1980 se celebró el 1 de junio en el Circuito del Jarama, pero fué declarado ilegal, y las puntuaciones obtenidas por los pilotos participantes no contaban para el campeonato del mundo. El Jarama se había convertido en el ring donde Bernie Ecclestone retaba a Jean Marie Balestre por el control absoluto de la Fórmula Uno. Para conseguir sus propósitos despreció a pilotos, constructores y, sobre todo, a los aficionados españoles.

Los motivos de disputa no eran nuevos. Ecclestone llevaba varios años incordiando en la F1 desde su puesto de director de la FOCA (Asociación de Constructores de Fórmula 1, formada junto a Frank Williams, Colin Chapman, Ken Tyrrel, Teddy Mayer y el ahora conocidísimo Max Mosley). Todos sus esfuerzos iban encaminados a un único fin: controlar lo que realmente le interesaba, que no era otra cosa que el dinero que las televisiones pagaban por retransmitir las carreras de F1.

Balestre (que al contrario que Bernie siempre tuvo claro que lo más importante del negocio eran los pilotos y su seguridad) lo consideraba un elemento subversivo y jamás ocultó su animadversión por aquel advenedizo que de piloto fracasado se había reconvertido en dueño de una escudería.

Para colmo, a principios de ese año, en la reunión de los comités de la FIA en Rio de Janeiro se habían tomado una serie de decisiones que no gustaron al señorito Ecclestone.

A petición de los pilotos, la FISA (regentada por Balestre) estableció la supresión de las faldillas para la temporada siguiente y la limitación de los neumáticos de calificación.

Balestre, además, imponía su criterio personal impidiendo que, en adelante, los constructores participaran en la organización de los Grandes Premios. Ecclestone firmó las resoluciones, a pesar de que esta última le afectaba directamente al simultanear su puesto de presidente de la FOCA con su condición de dueño de Brabham.

Viendo peligrar su próspero futuro en el negocio de la F1, Ecclestone echó un órdago a la grande para acabar con la autoridad del único que interfería en sus planes: Balestre.

Pero no se había atrevido a hacerlo en las carreras anteriores de Mónaco y Francia, y decidió reventar el G.P. de España, en el Circuito del Jarama.

La chispa que inició el incendio fueron los briefings boicoteados en el circuito de Zolder y Mónaco. Los pilotos que habían hecho caso a Ecclestone y no habían acudido (Prost, Laffite, Pironi y Jarier) se enfrentaban a la suspensión de la licencia si no abonaban las multas que se les había impuesto.

Balestre reaccionaba con intransigencia a la provocación de los pilotos (mejor dicho, sus escuderías) promovida por Ecclestone. Adoptaba aquella medida de fuerza para poder demostrar que los conductores (frente a los intereses de sus equipos) estaban de su parte. No en vano era el único que se preocupaba por ellos.

En aquel ambiente de nerviosismo, viendo que algunos equipos no se decidían a comenzar los entrenamientos libres, Ecclestone (con el RACE como brazo ejecutor) soltó la bomba en la recta de tribunas del Jarama: una bandera roja interrumpía la sesión.

El enfrentamiento era patente: la FOCA contra la FISA; el RACE contra la FEA (Federación Española de Automovilismo); Ecclestone contra Balestre (y contra los aficionados españoles).

Viendo el cariz que tomaba el asunto, y que la FIA se pondría del lado de Balestre y declararía ilegal la carrera, Ferrari, Renault y Alfa Romeo decidían el sábado recoger sus trastos y marcharse a casa. La afición española se quedaba sin poder ver en acción a Giles Villeneuve, Jody Scheckter, Jean Pierre Jabuille, René Arnoux, Patrick Depallier, Bruno Giacomelli y Vitorio Brambilla.

La prueba se celebró, y fue ganada de forma meritoria por Alan Jones.

Aunque las decisiones políticas dieron la razón a Balestre, el paso del tiempo demostró que los intereses económicos siempre acaban prevaleciendo. Ecclestone se salió con la suya, iniciando una fulgurante carrera empresarial que lo acabaría convirtiendo en señor absoluto de la F1 y dueño de una de las mayores fortunas de su país.

Quizá esto explique porqué ahora el tío Bernie quiera resarcir a la entonces despreciada afición española obsequiándola (en contra de las normas y el sentido común) con dos Grandes Premios en nuestro país.