
El baile de números no ha cesado en estas últimas semanas. La cifra que se pretende averiguar es la cantidad de coches con motor de gasolina que circulan por Alemania y que no están preparados para admitir el aumento del porcentaje de etanol que el gobierno quiere imponer por ley (E10).
La cifra mágica es un millón: es el límite que se ha marcado el ministro de medio ambiente, Sigmar Gabriel, para dar marcha atrás en su iniciativa: si el número de coches que no pueden funcionar con combustible E10 (10% de etanol y 90% de gasolina) pasa de los seis ceros, se ha comprometido a retirar la propuesta de imponer el E10, manteniendo el 5% de etanol existente hasta ahora.
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Hay dos clases de aficionados a la Fórmula 1: los que piensan que no se debe coartar el desarrollo tecnológico de los monoplazas, pues se trata del máximo exponente del automovilismo deportivo (al menos en circuito), y los que estamos de acuerdo en que no todo vale y que el rendimiento de los bólidos ha de ser controlado por el bien del espectáculo y, sobre todo, de los pilotos.

La historia de la F1 está repleta de grandes avances que, llegado el momento, fueron controlados e incluso eliminados. Decisiones polémicas que provocaron las protestas de ciertos sectores del público.
¿Hasta donde puede llegar el desarrollo de un monoplaza de F1?
El límite se sitúa en el punto en el que un coche deja de ser aceptablemente seguro al superar las capacidades de reacción y dominio de un piloto profesional. Límite que en la F1 ha estado a punto de ser superado en más de una ocasión.
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