La recogida de un coche nuevo siempre suele ser un momento especial. Salvo que el coche presente algún “detalle” que te haga sospechar que el auto no es tan “nuevo” como creías.

El pasado viernes acompañé a un familiar a recoger el primer coche nuevo que se compra. Acudimos, contentos y ansiosos, al concesionario oficial más sureño de la comunidad de Madrid a por su flamante Peugeot 308 HDI.

Tras el preceptivo papeleo, nos dirigimos a la zona de taller habilitada para las entregas de vehículos nuevos donde nos espera, reluciente, el coche. La futura propietaria está entusiasmada: como ya he dicho, es su primer auto, el coche le encanta y ha acertado con el color de la carrocería. Un día perfecto.

Mientras esperamos a que ultimen los preparativos (se les ha olvidado el juego de triángulos de emergencia y chaleco antirreflectante que suelen regalar, el ordenador de a bordo no está configurado) me siento en el puesto del conductor y tras observar el habitáculo (muy espacioso, instrumentación clara, gran nivel de acabado, excelente tacto de los plásticos) acciono la llave de contacto.

El cuadro de instrumentos se ilumina y, para mi sorpresa y disgusto, me salta a la cara una cifra que me resulta escandalosa y no por su brillante color rojo: 107. Son los kilómetros que aparecen en el odómetro.

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